Aquellos años 60. Moda y fotografía en la década prodigiosa.

La década de los años 60, la más añorada del pasado siglo se resume en esta especial Exposición, en la que las imágenes de moda son uno de los platos fuertes. Una selección de la obra de los fotógrafos más destacados: Michael Cooper, John Cowan, y Ronald Traeger.

El significado pleno que hoy tiene para nosotros la palabra “moda” hunde sus raíces en la década de los años 60, la más añorada del pasado siglo. Esta década nos obsequió con gran parte de los cimientos que hoy componen nuestro mundo. La nueva sociedad que había surgido tras las cenizas de la guerra mundial llegó en esos años a su máximo apogeo, a su edad de oro. Occidente vivía años de un capitalismo sin complejos y, paralelamente, de una ola de idealismo.

 

Los años 60 fueron, en cierta forma, como una inmensa fiesta en la que el tiempo quedaba anudado de forma extrema. Los días se fundían con las noches en esa década-primavera que en algún momento se soñó como inacabable. La menor abundancia de imágenes en estos años (en comparación con una época como la nuestra en la que casi todo puede ya suceder en directo), hace que las fotos de esta exposición tengan un enorme valor como documentos del auténtico espíritu del momento. Un momento que tantas y tantas veces la moda nos devuelve en forma de revival más o menos falso, más o menos caricaturesco.

Bajo el ambiguo o megalómano, según se mire, título de “aquellos años 60″ la Fundación La Caixa ha realizado una excelente exposición itinerante. En ella se recoge una selección de la obra de los fotógrafos Michael Cooper, John Cowan, y Ronald Traeger en la que las imágenes de moda son uno de los platos fuertes. Las fotografías desprenden una espontaneidad muy alejada de la oscura sofisticación con la que hoy frecuentemente se trabaja en moda. Sin embargo, no hay que confundirse, el riesgo creativo de las fotografías expuestas es alto.

Aunque algunas de las imágenes son relativamente clásicas en cuanto a composición, el trabajo de estos jóvenes captadores de realidades era sumamente vanguardista al dirigir sus objetivos (increíbles las fotografías sobre San Pedro de Roma). Pese al riesgo creativo que impregnaba la obra de estos nuevos fotógrafos la prensa de moda del momento decidió apostar por ellos. Así revistas como Elle o Vogue revitalizaron sus páginas con las imágenes de estos artistas que concebían a la modelo como algo más que una simple maniquí sobre la que colgar ropas. No en vano Cooper dijo sobre las modelos de sus fotografías “no son sólo caras que he retratado, sino personas con las que he trabajado o con las que he colaborado de forma muy íntima”.

La magia de las fotos de Cooper, Cowan, y Traeger viene dada porque sus trabajos tienen poco de teatro a cambio de tener mucho de vida. Un denominador común de la mayoría de estas fotos es que en su realización el estilismo es de una gran sencillez pero el resultado final tiene una gran potencia visual. La mayoría de las fotos son demostraciones de la maravilla que se obtiene cuando el fotógrafo se olvida de oscuras retóricas y artificios y decide huir hacia adelante disparando y disparando con libertad.

Es muy perceptible en las imágenes que las modelos apenas si están trabajando, las sesiones están impregnadas de un aire festivo en el que se ha colado el objetivo de la cámara. A todo este trabajo lo rodea un aire de excusa para salir a pasear en la tarde y disfrutar las horas previas a alguna de las miles de fiestas que inundaron las noches de aquellos años. Esta forma de interpretar la fotografía habla bastante del mundo que se estaba retratando. En la exposición abundan las sonrisas y la ensoñación. Todo parece estar rodeado de un halo de promesas y futuro, algo muy lejano a lo que con frecuencia ocurre hoy en las páginas de la prensa de moda (en las que se han llegado a encontrar delicias como una modelo enfermiza posando con muletas).

Los tres fotógrafos representan también un nuevo tipo de artista gráfico que tiende puentes entre el reportaje periodístico heterodoxo y el arte. En los años 60 el fotógrafo se cuela definitivamente en zonas bulliciosas de la sociedad que hasta el momento no eran objeto de la fotografía. La nikon se convierte en el arma con la que ir de Safari por aquel mundo en estado de ebullición. La figura de este nuevo cazador es captada en 1966 por Antonioni en su película Blow Up, de hecho el estudio de Cowan fue el marco usado por el director italiano para el rodaje de la cinta. El propio Cowan podía ser el personaje que David Hemmings encarna en el mítico film, un nuevo tipo de creador que se hunde en los laberintos de la naturaleza misma de la realidad en el mítico Londres de los 60, la ciudad donde más se desarrolló la creación estética en la década.

En “aquellos años 60″ la moda es el eje central pero también nos encontramos retratos de algunos de los personajes que más han marcado tendencia en el siglo anterior. La obra de Cooper explora intensamente, entre otros aspectos, el mundo del rock de la mano del reportaje. “Su objetivo” el grupo de rock por antonomasia: The Rolling Stones. Las fotografías de Cooper sobre el mítico grupo inglés tienen el valor de la autenticidad. Tras la insensibilización a las imágenes que hoy nos embarga posiblemente las fotos de Cooper pueden no sobresaltar emocionalmente al domesticado espectador. Hay que tener paciencia y valorar pensando que lo que tenemos delante es puro oro y no baratijas.

Miles de veces se ha malcopiado con malos modelos lo que Cooper hizo con los Stones. Ahí es donde radica la brillantez de estas imágenes. Imágenes que nos hablan del pasado magnífico del rock, de porqué este grupo se convirtió en icono, en tendencia, en tótem de millones de jóvenes occidentales. El mito del reportaje de moda con estilización a lo Road Movie no es mito en las fotos de Cooper. Los Stones y su corte en Tánger, en California, en Londres” El rock como forma de vida antes de convertirse en esclavo de la moda”.

 

En definitiva “aquellos años 60″ es una excelente ventana a la que conviene acercarse libre de prejuicios sobre aquellos años para intentar descubrir al menos una chispa de su esencia. Si eso se logra quizá algo de nuestra vanidad histórica quede un tanto mermada y vivamos nuestra época más relajados.