Raf Simons inauguró ayer en la semana de la Alta Costura parisina la nueva etapa de Dior con la batuta entre sus manos. La nueva colección dejó patente que el diseñador belga no está dispuesto a cambiar sus señas de identidad y, así, junto a la sencillez y el minimalismo característicos del director, se denotan las referencias al New Look y el traje chaqueta Bar, archiconocidas señas de la maison.
Era uno de los desfiles más esperados de la temporada. La asistencia de Alaïa, Elbaz, Jacobs, Theyskens, Tisci, Van Assche, Versace, entre otros tantos, así lo certificaba. Dior, al fin, se presentaba con un firme director creativo dispuesto a hacernos olvidar el mundo bucólico construido por John Galliano, hecho marca de la casa. Y, ¿cómo conseguirlo? Rompiendo por completo con los códigos de su antecesor. Raf Simons instaura la sencillez, simplicidad frente a la grandilocuencia, teatralidad que tantos adeptos consiguió.
Las modelos ya no posaron con fuerza al final de la pasarela, estas desfilaban con sosiego sus escuálidos cuerpos, elegidos deliberadamente para portar los volúmenes del New Look y la silueta péplum, así como la estrechez de los bustiers. El nuevo director de orquestra se queda con la primera época de Christian Dior —allá por el año 47— y la adapta a sus saber hacer: sin pomposidades, de lujo comedido; una evolución de su colección de despedida de Jil Sander, su antigua firma.
Las sedas y organzas se combinan con tejidos gruesos de animales como el astracán y el visón en diseños de Alta Costura teñidos por rosas, azules y verdes empolvados. La belleza ahora en Dior es recatada, puede que demasiado al tratarse de Haute Couture, pero el extremo quizás es la mejor estrategia para olvidar aquel dicho popular que sentencia tiempos pasados fueron mejores…













