Los tiempos de fusión llevan a replantear los límites entre las artes que se desdibujan en aras de un concepto de cultura transversal, que se manifiesta de manera implacable en las corrientes estéticas de los albores del siglo XXI. Son momentos de revisión, de replantear los fundamentos de la vanguardia para definir los pilares de una nueva era.
Nuestros dioses de la modernidad New Age son Bowie, Basquiat y, sin duda alguna, Vivienne Westwood, que insuflan un aliento trasgresor y shocker a la atmósfera pop que nos inunda.
En nuestro Ipod suenan los ecos sintetizados de la Velvet y sus secuaces mientras rescatamos nuestros pantalones de lycra, los guantes de cuero y remaches metálicos para fijar un estilo urbano entre graffitis y gritos de contracultura. Es imposible estar quieto o bailar ritmos pegadizos sin convertir el cinismo en estilo de vida. Y emulando la máxima de Mies “lo peor es lo más”. En la locura de Ian Curtis vemos al nuevo Lord Byron que hace de la poesía un revulsivo para somatizar los azotes del ultracapitalismo. Son los nuevos poetas malditos que hacen del existencialismo una cuestión de vida o muerte, que siempre acaba en exceso.
En arte reciclamos los principios de la postmodernidad en un punto de inflexión entre el mercado y la creatividad en estado puro, sin límites, sin prejuicios. En moda fundimos el estilo vintage con un concepto de tendencia individualista y nerd bajo el lema “do it yourself”. En música, se anuncia la corrosión del pop con la llegada de ritmos ácidos que desplazan la melodía e instalan el grito y el LSD más puro. Crystal Fighters, tiempo al tiempo.
Esta crónica de situación no es apocalíptica sino un análisis crítico de la realidad y del arte que entiende el mundo como un museo vivo en el que todo se mueve al son de la música: en las pasarelas y en los barrios bajos, en los afters y en las chic parties, en los clubs prohibidos y en los territorios de nadie, la estética se erige como síntoma de la cultura.
Texto: ALEX VILLAR e IRENE HERRERAS
