En petit comité se presentó finalmente la última colección de Alexander McQueen en el marco de la Paris Fashion Week. Una colección emotiva y llena de simbolismo.
El 9 de marzo fue el día elegido para acoger la presentación de la colección Fall Winter 2010/11 de Alexander McQueen. En principio la firma optó por cancelar el desfile y reinó la incertidumbre entre los fans del diseñador y los editores de moda. Finalmente, la presentación tuvo lugar a puerta cerrada en un pequeño salón parisino al que unos pocos elegidos pudieron tener acceso.
La colección consta de 16 looks y un 80% fue supervisada por McQueen antes de su muerte. Es una vuelta al trabajo artesanal, a la esencia de la moda y del propio Alexander McQueen. El diseñador decidió alejarse del mundo de internet y centrarse en la experimentación sobre el maniquí y la investigación del arte religioso bizantino. La iconografía religiosa medieval, las madonnas italianas, el dorado de Bizancio y los demonios del Bosco fueron los referentes de esta colección.
Los colores son tremendamente simbólicos: rojo, blanco y dorado. Los estampados, la mayoría digitales, reproducen imágenes religiosas y se complementan con jacquards tejidos a mano como si de brocados medievales se tratara. El lujo de los tejidos y su tratamiento se acerca mucho a la Alta Costura que el propio McQueen trabajó en Givenchy allá por el 1997. La colección está llena de plumas, plisados y juegos de volúmenes, señas de identidad de la firma que el diseñador revisó y actualizó de una forma mucho más calmada y simple. Entre los vestidos destacan la serie de blancos, vaporosos cercanos a las deidades. El último estilismo, desarma. Un majestuoso vestido blanco lleno de capas de tul bajo un abrigo dorado, cuajado de plumas desorbitado y genial.
El broche final a una etapa de la firma que se queda sin su cabeza visible. Alexander McQueen, genio hasta el final, responde con esta colección intimista y delicada al sistema actual de la moda cada vez más exigente y con menos creatividad.
