By Neo Moda Team
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Barcelona
El Museo Galliera de París presenta, hasta marzo de 2003, la primera gran retrospectiva hecha hasta ahora sobre el fotógrafo de moda Henry Clarke.
?La belleza es más bella tras la cámara?, solía decir Clarke. En su ciudad natal, Los Angeles, en San Francisco o en Nueva York. Y por supuesto, en la ciudad que él mismo escogió, París. Una capital que le rinde homenaje: una exposición que permite ver la evolución de su trabajo y, paralelamente, el desarrollo de diferentes tendencias en la historia de la fotografía de moda.
En la primera sala, justo a la entrada del museo, se encuentran algunas fotografías inéditas que Clarke realizó cuando trabajaba como accesorista en el estudio Vogue de Nueva York. Una de ellas, la más conocida, la que hizo para la colección de Dior otoño/invierno en 1948. La modelo Devon O?Lean posa en actitud desenfadada, risueña, en el patio de una gran mansión. En la exposición, al lado de la foto se puede ver un maniquí que lleva el mismo vestido: negro, ajustado, largo hasta los pies, con un volante superpuesto que amarra la cintura. Por aquel entonces, Clarke ya era todo un sibarita de la moda.
En 1949 se trasladó a París para desarrollar su carrera. Se sintió atraído por la que era, en aquellos tiempos de posguerra, capital mundial de la alta costura. En 1951 firmó un contrato en exclusiva con el grupo editorial Condé Nast y, gracias a ello, trabajó durante más de 20 años para las tres ediciones de Vogue, americana, inglesa y francesa.
Las fotografías expuestas en el Museo Galliera muestran bien las tendencias en la moda de los años 50 y principios de los 60. Mas allá de la prenda en sí estaba lo que ella suscitaba: elegancia, coquetería por encima de todo. Glamour. Como en el reportaje que Clarke elaboró para la colección de Pierre Balmain, primavera/verano de 1950. La modelo Bettina en una calle del Barrio Latino de París. Con una falda de tubo por debajo de las rodillas, camisa estrecha, capa y zapatos de tacón cerrados. Un perfil forzado, un aire altivo.
Clarke nunca quiso ser superficial en su trabajo. De hecho, se sirvió de la moda para plasmar una actitud femenina ampulosa y diferenciada, alejada de la emergente clase media. Nunca quiso exhibir un cuerpo, o un vestido, o una joya: la finalidad de sus fotografías llagaba hasta un grado más conceptual. Trataba de mostrar un prototipo de mujer independiente, aburguesada, que se definía a través de prendas lujosas.
A medida que iba publicando sus trabajos se ganó la confianza de grandes diseñadores, que contaron con su experiencia como fotógrafo. Creadores acordes con el comportamiento refinado que pretendía mostrar: Balenciaga, Hermès, Givenchy, Lanvin-Castillo. La mejor muestra es la serie de fotos de Clarke para la colección otoño/invierno de Chanel, en 1955. La mítica imagen de la modelo Anne Saint-Marie en un café parisino, con postura masculina, con ese aspecto andrógino tan personal. Una mano agarrada al cinturón sostiene un cigarrillo con la ceniza consumida. Un collar de perlas de tres vueltas y la emblemática chaqueta de lana azul marino, que desde entonces se convirtió en un símbolo de la moda Chanel.
Un rincón de la segunda sala está reservado a los retratos que Clarke publicó en las páginas ?People? de Vogue. Por delante de su objetivo pasaron estrellas como Anna Magnani, Sophia Loren o Catherine Deneuve, plasmadas en una actitud distinta de la que adoptaban en la gran pantalla. Girando siempre en torno de la elegancia, de la distinción.
En 1962, la llegada de Diana Vreeland como redactora jefa del Vogue americano marcó un antes y un después en la política editorial del magazine. Y una ruptura en la vida de Clarke, en su trabajo y en la historia de la fotografía de moda en general. En un contexto social movido y dinámico, aprovechando el boom del turismo internacional y la atracción que producían los lugares exóticos, Clarke y Veerland crearon lo que se conoce como ?viajes de moda?.
A partir de 1964 Vreeland confió a Clarke dos reportajes fijos por año de más de 20 paginas a todo color, publicados sistemáticamente en junio y diciembre. El fotógrafo elegía sitios espectaculares que ofreciesen un cuadro excepcional para resaltar las prendas. Las costas agrestes de Sicilia sirvieron como escenario para que la modelo Veruschka mostrase la colección otoño/invierno de Pucci en 1964.
Marisa Berenson posó ante las mezquitas de Ispahan, en Irán, para mostrar las prendas de Geoffrey Beene en 1969. Y lo mismo con los templos aztecas de México, las esculturas budistas de la India y los desiertos de Jordania. Incluso los pueblos folclóricos del sur de España.
En 1970 Clarke se hizo fotógrafo independiente. Publicaba reportajes esporádicos y realizaba numerosas exposiciones personales y colectivas. En sus últimos trabajos tanto la técnica como la imagen aparecen depuradas: Clarke concluyó que, en la fotografía, hasta el mínimo detalle puede ser significativo. Cuidaba más que nunca la composición del espacio, la modelo, la ropa. La calidad de la fotografía, la luz, el contraste. Buscando un poco de tranquilidad se instaló definitivamente en el sur de Francia, en Cannes, donde murió en 1996.
Un año después, en 1997, gran parte de su obra fue donada al Museo de la Moda de París. Un legado de 20.000 negativos y 5.000 planchas de contacto que han dado cuerpo a la exposición, que han permitido difundir su nombre y su trabajo.
Henry Clarke se denominó a sí mismo como ?el más parisino de los fotógrafos americanos?. Se consagró a la belleza de la ciudad de las luces, al caché de las clases ricas. Y fue, ante todo, un gentleman discreto, un loco de la elegancia que teatralizó la moda para plasmarla en la retina de su cámara.
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